Crónica · Por Isa Junca
Hay talleres que nos entregan herramientas. Otros nos dejan respuestas. Y hay algunos que, de una manera más profunda, nos devuelven preguntas.
El pasado 22 de julio, a las 10:00 de la mañana, llegué a La Puerta Abierta, una casa ubicada en el barrio La Soledad de Bogotá, dirigida por la maestra Victoria Hernández. Es un lugar en el que se respira arte: allí se imparten clases de actuación, se realizan ensayos, muestras teatrales y escénicas, proyectos de cine y distintos procesos de creación.
En ese espacio tan especial nos reunimos un grupo nutrido de personas con experiencias diversas en el arte pedagógico. Éramos maestros y maestras de voz artística, actuación, doblaje, canto y voz hablada, todos con recorridos distintos, pero con una necesidad común: seguir aprendiendo, investigando y nutriendo nuestra práctica.
El taller, titulado La liberación de la voz natural, fue impartido por el maestro Antonio Ocampo Guzmán, profesor y jefe del Departamento de Teatro de Northeastern University, en Boston, Estados Unidos. Antonio es, junto con Sara Pantoja y Rubén Maidana, cofundador de iberVoz. Se formó como actor en la Escuela del Teatro Libre, en Bogotá, y posteriormente se radicó en Estados Unidos, donde estudió con Kristin Linklater.
Además, fue presidente de la Asociación de Profesores de Voz VASTA entre 2022 y 2025, es director de la Fundación Linklater y consultor del Centro de Estudios para el Uso de la Voz, CEUVOZ, en México, desde 2008.
Antonio inició el encuentro con una pregunta:
¿Cuál es la búsqueda o la pregunta de investigación que sostiene nuestro hacer?
La pregunta me atravesó de inmediato.
Quienes enseñamos estamos acostumbrados a acompañar, observar, corregir, orientar y sostener el proceso de otros. La pedagogía requiere muchos niveles de energía. Nos exige estar atentos, presentes, disponibles y sensibles a lo que ocurre en cada estudiante.
Al escuchar las respuestas del grupo, sentí que muchos coincidíamos en algo: también necesitábamos recibir.
Yo expresé que, a veces, me sentía como un limón exprimido al que ya no le quedaba ni una sola gota de líquido. Esa fue mi manera de nombrar el cansancio que puede aparecer cuando entregamos constantemente nuestra energía, conocimiento, escucha y atención, pero no siempre encontramos espacios para volver a nutrirnos.
Y precisamente eso fue este taller para mí: un lugar para volver a recibir.
Volver al origen de la voz
A medida que empezamos a adentrarnos en la técnica Linklater, desarrollada por la maestra Kristin Linklater, comprendí que el trabajo no comenzaba con la emisión de la voz ni con la idea de proyectarla.
Comenzaba con algo mucho más esencial:
el aire.
Antonio nos condujo hacia el suspiro de alivio, ese acto vital y espontáneo que aparece cuando el cuerpo puede soltar una carga. Me hizo pensar en la manera en que un suspiro puede ayudarnos a aquietar el galope del corazón cuando estamos perturbados o sometidos a una exigencia vocal o emocional muy alta.
El suspiro de alivio nos trae de vuelta al presente.
Nos devuelve a la conciencia primaria del aire.
Antes de querer producir una voz, proyectarla o hacerla más fuerte, necesitamos permitir que el cuerpo respire. La voz no aparece únicamente por una instrucción técnica. Surge de un organismo vivo, sensible y disponible.
La osamenta que sostiene la voz
Uno de los aspectos que más llamó mi atención fue la importancia que Antonio otorgó a la osamenta.
En el trabajo vocal hablamos constantemente del diafragma, el apoyo, la respiración y la proyección. Con frecuencia escuchamos indicaciones como “saque la voz”, “apoye” o “use el diafragma”. Sin embargo, Antonio nos invitó a llevar la atención hacia la estructura que sostiene todo el cuerpo.
Los huesos.
La columna.
La espalda.
La pelvis.
Las escápulas.
Los talones.
Durante el taller recorrimos cada parte del cuerpo con conciencia. No solo observamos los talones de los pies, sino también otros puntos de apoyo de nuestra estructura, como la zona inferior del cráneo, especialmente el hueso occipital, y las tuberosidades isquiáticas, esos huesos sobre los que nos sentamos y que sostienen la pelvis.
También prestamos atención a las puntas inferiores de las escápulas, que muchas veces permanecen desconectadas de nuestra conciencia corporal.
Comprendí que, cuando la osamenta está firme, anclada y consciente, sostener la voz resulta más sencillo. No se trata de empujarla ni de obligarla a salir. Se trata de invitarla a fluir de manera natural a través de una estructura disponible para resonar.
El cuerpo entero se convierte en una gran caja de resonancia.
Antonio nos hizo pensar también en la columna vertebral como símbolo de presencia y firmeza. En inglés, la palabra spineless, literalmente “sin columna”, se utiliza para describir a alguien sin carácter, valentía o determinación.
La relación me pareció muy poderosa.
En la voz y en la vida necesitamos una columna consciente. Una espalda activa y erguida, pero no rígida. Una estructura firme, pero libre de tensiones innecesarias.
Una pedagogía construida desde el diálogo
A lo largo del taller también me llamó profundamente la atención la manera en que Antonio enseñaba.
No ocupaba el lugar de quien posee todas las respuestas.
Preguntaba.
Escuchaba.
Nos invitaba a nombrar lo que sentíamos.
Construía a partir de nuestras experiencias.
Buscaba una verdadera horizontalidad en la clase.
Esa forma de acompañar me hizo pensar en Paulo Freire y en su crítica a la educación bancaria, en la que el maestro deposita información en estudiantes considerados recipientes vacíos.
Antonio no nos trató como “vasijas vacías” que debían ser llenadas de conocimientos. El espacio se construyó a partir de nuestras búsquedas, preguntas, saberes y experiencias.
El conocimiento no descendía verticalmente desde el maestro hacia los participantes. Circulaba entre todos.
Vivimos ejercicios de contacto con los compañeros, exploración corporal, masajes, respiración y escucha. Todo se desarrolló de una manera profundamente pedagógica y respetuosa. Antonio preguntaba constantemente cómo nos sentíamos y qué estaba ocurriendo en nuestro cuerpo.
Antes de transformar la voz, debíamos aprender a escucharla.
Lo que confirmé
Al final del taller formamos un círculo.
Después de dar un buen masaje a nuestra estructura y de recorrer el cuerpo con mayor conciencia, trabajamos con ecos de textos muy colombianos. Las palabras viajaron de una persona a otra, resonaron en cuerpos distintos y adquirieron nuevas posibilidades.
Luego, cada uno compartió qué confirmaba después de la experiencia.
Yo confirmé, una vez más, que el trabajo de la voz y la pedagogía son necesarios, liberadores y transformadores para el cuerpo y para el alma.
Confirmé que quienes enseñamos también necesitamos espacios para detenernos, respirar, recibir y volver a llenarnos.
Confirmé que la voz no puede separarse del cuerpo, de la emoción, de la historia ni de la estructura que nos sostiene.
Y confirmé que liberar la voz también puede ser una manera de volver a nosotros mismos.
Antonio Ocampo Guzmán será uno de los keynote speakers invitados a la séptima edición del Festival Iberoamericano de la Voz Viva Voz, organizado por A Voz Academia.
Durante el festival impartirá varios talleres especializados, que serán espacios de gran provecho, investigación y nutrición para maestros, artistas, estudiantes y profesionales de la voz de toda Iberoamérica.
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